No siempre tengo ganas. Y tuve que entender que sí, puede pasar...

Soy sexóloga.
Y no, no siempre tengo ganas.
Parece una obviedad mientras lo escribo. Pero no siempre fue tan obvio para mí.
Hay algo curioso que sucede cuando trabajás hablando de sexualidad: pareciera que, por saber cómo funciona el deseo, la excitación, el orgasmo o la respuesta sexual, una debería tener su propia sexualidad perfectamente resuelta.
Como si estudiar el deseo te garantizara desear.
Como si conocer la teoría evitara que el cansancio, la rutina, la maternidad, el estrés, las preocupaciones, el cuerpo, los vínculos o simplemente la vida se metieran en el medio.
Y no.
A mí también me pasan cosas.
También tuve que aprender a mirar mi deseo, entenderlo, preguntarme qué necesitaba y, sobre todo, dejar de exigirle que apareciera porque "debería" estar ahí.
Saber cómo funciona no significa estar por fuera de lo que nos pasa
Durante mucho tiempo hablamos de la respuesta sexual como una secuencia bastante ordenada: aparece el deseo, nos excitamos, llegamos —o no— al orgasmo y luego viene la resolución.
Y sí, ese recorrido puede ocurrir.
Pero la sexualidad humana es bastante menos prolija.
El deseo no siempre aparece primero.
A veces estamos haciendo cualquier cosa y sentimos espontáneamente ganas de un encuentro sexual. Pero otras veces las ganas aparecen después de que comenzó el acercamiento: con una conversación, una caricia, un beso, una sensación corporal agradable, un momento de intimidad.
Es decir: no siempre necesito tener ganas antes para poder tenerlas después.
Esto fue importante también para mí.
Porque cuando creemos que el deseo debería surgir espontáneamente, podemos empezar a interpretar su ausencia como un problema: "ya no tengo deseo", "algo me pasa", "antes tenía más ganas", "¿por qué no me nace?".
Y quizá la pregunta no sea solamente por qué no aparece.
Quizá también podamos preguntarnos:
¿En qué condiciones aparece mi deseo?
El cuerpo no funciona separado de la vida
Para que exista una respuesta sexual, el cuerpo necesita determinadas condiciones.
La excitación implica procesos fisiológicos concretos: cambios en el flujo sanguíneo genital, lubricación, erección, modificaciones en la frecuencia cardíaca, tensión muscular y activación de distintos circuitos neurológicos.
Pero esos mecanismos no ocurren en un laboratorio.
Ocurren mientras tenemos sueño.
Mientras pensamos en lo que tenemos que hacer mañana.
Mientras estamos preocupados.
Mientras criamos.
Mientras atravesamos cambios hormonales.
Mientras nuestro vínculo está pasando por un momento determinado.
Mientras nos sentimos cómodos —o no— con nuestro cuerpo.
Mientras vivimos.
Por eso el deseo sexual no puede entenderse solamente mirando los genitales ni preguntando cuántas veces tenemos relaciones.
Hay un cerebro interpretando el contexto todo el tiempo: ¿esto me resulta agradable?, ¿me siento segura?, ¿puedo desconectarme de lo demás?, ¿hay algo que me erotiza?, ¿tengo energía disponible?, ¿quiero estar acá?
Y entonces aparece algo que para mí es fundamental: el deseo no funciona como un botón de encendido y apagado.
No alcanza con preguntarnos qué nos enciende
Muchas veces, cuando alguien siente poco deseo, busca inmediatamente aquello que pueda aumentarlo.
Más estímulos. Más novedad. Más erotismo. Más iniciativa.
Pero hay otra pregunta igual de importante:
¿Qué está frenando mi deseo?
Porque podemos tener cosas que nos acercan a la sexualidad y, al mismo tiempo, otras que pisan el freno.
El estrés puede hacerlo.
El cansancio puede hacerlo.
El miedo, la ansiedad, el dolor, determinados medicamentos, los conflictos vinculares, la preocupación por el rendimiento, la presión por "tener que tener ganas", la imagen corporal o sentir que un encuentro sexual se convirtió en una obligación también pueden hacerlo.
Y acá aparece una paradoja bastante cruel: cuanto más nos preocupa no tener deseo, más vigilamos si aparece.
Y cuanto más lo vigilamos y nos exigimos, más difícil puede resultar entregarnos a una experiencia erótica.
El deseo empieza a convertirse en examen.
Yo también tuve que aprender esto
Ser sexóloga me dio herramientas para entender muchas cosas.
No me volvió inmune a ellas.
También tuve que aprender que mi deseo cambia.
Que no responde igual en todos los momentos de mi vida.
Que saber muchísimo sobre sexualidad no hace que desaparezcan el cansancio, las preocupaciones ni todo aquello que sucede afuera de la cama.
Y quizá lo más difícil no haya sido entender cómo funciona fisiológicamente el deseo.
Eso está en los libros.
Lo difícil fue aceptar que conocer la teoría no me daba derecho a exigirme una respuesta diferente.
Que no siempre tener ganas no significa que haya algo roto.
Que algunas veces necesito contexto.
Otras, conexión.
Otras, descanso.
Otras, estímulo.
Y otras veces, simplemente, no tengo ganas.
Y también está bien.
Porque trabajar sobre nuestra sexualidad no significa conseguir que nuestro cuerpo responda siempre como queremos.
A veces significa aprender a escucharlo.
Tal vez la pregunta sea otra
Quizá hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos:
"¿Por qué no tengo ganas?"
Y no digo que esa pregunta no importe. Si existe un cambio persistente que genera malestar, merece ser escuchado y explorado.
Pero podemos agregar otras:
¿Cómo funciona mi deseo hoy?
¿Qué lo facilita?
¿Qué lo frena?
¿Qué cambió en mi vida?
¿Estoy esperando sentir deseo de una única manera?
¿Quiero tener más deseo… o quiero dejar de sentir que debería tenerlo?
Yo soy sexóloga.
Estudio la sexualidad, trabajo con ella, hablo de ella y acompaño a otras personas a comprenderla.
Y también sigo aprendiendo sobre la mía.
Porque saber de sexualidad no significa tenerla resuelta.
Significa, quizá, tener algunas herramientas más para poder mirarla.
Y a veces, incluso teniendo todas esas herramientas, una también necesita tiempo para entenderse.
Y tuve que entender que sí, puede pasar.
Lizet Tabeira
Lic. en psicología - Sexóloga Clínica
